Página principal Ir Flecha señalando a la izquierda

Ir a la parte de abajo

Chica
INDICE
1-La chica de la cámara de fotos.
2- Otra dimensión.
3-El bosque.
4-Dimelo con una flor

La chica de la cámara de fotos.

Cuando regresé del trabajo había una carta en el buzón. Reconocí la letra con alegría, sabía que no tendría remitente, para que así no pudiera contestarle.
Me senté en la cama dejando el sobre a mi lado, siempre me hacía ilusión recibir cartas suyas, era emocionante ver los folios doblados cubiertos de letras que me dirían algo, era como caminar por la playa y encontrar en la orilla del mar una botella con un mensaje dentro.
Su caligrafía era dura e incorregible, pésima y complicada, transmitía un inmenso desorden emocional, no respetaba los márgenes y había fragmentos en los que la punta del
bolígrafo atravesaba la hoja. Sin embargo, el contenido de su correspondencia era completamente distinto, como si fuese capaz de reflejar su propia alma en un espejo, como esos lagos que invitan a caminar
a la mirada sobre la tersura de su superficie, siendo una parte más del cielo. “Llevo años escribiendo un libro, todavía no sé cuándo lo terminaré, siquiera si tiene algún final. Es algo muy extraño, la gente suele pensar que al hecho de escribir le rodea un halo de magia o de misterio.
No es para nada así. No hay nada de mágico en encontrar un momento de soledad, prepararme un café, sentarme en un abandonado silencio, poner música, siempre Mahler y siempre el adagietto de la quinta sinfonía en Do sostenido menor para saber por dónde empezar, quitarme el reloj de pulsera, dejarlo a un lado del ordenador. Y el vértigo, cada vez más acuciado y ensordecedor, de abrir el Word y no saber lo que voy a encontrar de mí mismo allí dentro. Y la tarde detrás de la ventana, y la noche deshaciendo el azul, y tantas veces el amanecer, los coches que se marchan calle abajo, las conversaciones, el traqueteo de una maleta con ruedas sobre la acera, la algarabía de unos niños camino del colegio. He escrito en tantas casas, en tantas ciudades diferentes, en tantos países y a tantas edades, ha entrado tanta gente en la habitación mientras lo hacía. Una madre, un hermano, un amigo, una llamada de teléfono, un timbrazo en el portero automático, una mujer. Me desanimo al pensar que no concluiré jamás la historia y que he vuelto a borrar un montón de páginas que ya no me decían nada, quizá porque la persona que las escribió ya no existe, porque he cambiado, porque de una página a otra me han pasado demasiadas cosas. Me apena cuando tengo que dejar morir a un personaje, por accidente o en una solitaria habitación de hospital, que en el fondo es lo mismo, o que el amor dure siempre tan poco.
A veces, cuando me siento culpable, rescato a algunos personajes, les doy una vida más pequeña en otro cuento, les escribo algún poema sin que nadie lo sepa. Creo que Dios hizo algo parecido conmigo. Y me pregunto el porqué de tanto tiempo a solas, el porqué de tanta ausencia necesaria. Cuando pienso en el resto de personas del mundo, con sus vidas, con su ir y venir de allá para acá,
con sus planes de futuro, sus muebles y sus casas a plazos, hablando de trabajo, de política o de fútbol, no entiendo cómo pueden vivir sin la escritura, sin la lectura al menos. O a lo mejor es que, en el fondo, no me comprendo a mí mismo y los cuestiono para defenderme. No importa, termino regresando aquí.
Pero ellos, cuando se enteran, hacen preguntas. ¿Cuántos ejemplares has vendido? ¿Con qué editorial lo publicaste? ¿Cuánto dinero has ganado? Suelo sonreír lastimosamente, dar tres o cuatro explicaciones, cambiar de tema, mientras anhelo regresar al adagietto o al Riders on the Storm. En realidad te escribo porque hoy he visto a una chica haciendo fotos a la ciudad y me he quedado mirándola, ella se ha llevado la cámara al pecho al cruzarse nuestras miradas.
Supongo que lo trasnochado de mi rostro le ha infundido miedo y pensaba que fuera a robársela, yo iba camino de la compra y el frío me empujaba a caminar rápido. Ella no sabía que me recordaba a otra mujer. Ella no sabía que iba a formar parte de esta carta, quizá me haya tirado una foto de espaldas o puede ser que haya dejado de hacer fotos por un rato. ¿No te parece increíble? Hacía cuatro grados bajo cero y ella estaba allí tratando de captar un instante, escribiendo con la luz, tratando de encajar la mirada
en un encuadre asomada a un puente.
¿Crees que se merece un personaje en el libro o una vida pequeña? ¿Cómo debería llamarla? O mejor dejarlo así, mejor la chica de la cámara de fotos”.

Volver al indice

Chica con camara Chica escribiendo

Otra dimensión.

Su triste y monótona vida, transcurría día tras día… Vestía siempre de traje gris, sombrero del mismo color que tapaba su rostro Llevaba consigo todo el tiempo, un portafolio negro.
Caminaba en la calle, entre la multitud, todos ellos vestidos de trajes negros y sombreros de mismo color, dando la impresión que él se encontraba caminando entre sombras… Ellos avanzaban en manada, hacia ningún lugar. Con miradas completamente perdidas. Calles de la ciudad, edificios de gran altura, donde el sol no ingresaba. Dando más oscuridad a la ciudad. El hombre de gris caminaba hacia su trabajo. Una tarde de mucho trabajo, se quedó después de hora trabajaba en una Fábrica de Indumentaria. El edificio había sido construido en 1867, donde antes los cuatro pisos que poseía, eran un viejo depósito.
El paso del tiempo lo convirtieron en modernas oficinas, pero siempre manteniendo la vieja estructura, incluso se podía apreciar, si uno veía al techo, las cañerías externas de agua, también se apreciaban las enormes columnas, que sostenían el enorme edificio. La única luz prendida, era la de su box en todo el piso. Apagó la computadora, en esa época las mismas poseían una pantalla con aumento como si fuera una lupa cuadrada gigante donde atrás de la misma se encontraba una pantalla muy pequeña y el teclado era una máquina de escribir.
Esa noche en particular, volvió en subte, era el último servicio, que funcionaba, el de las once de la noche. Caminando el largo túnel, para llegar al andén de Lima, vio dos personas de cabellera muy larga, de trajes negros y camisa de seda negra con corbatas rojas, uno tocaba el violín y el otro el bandoneón, tocaban perfectamente un tango, pero su música era bastante oscura y tenebrosa,
al pasar por al lado de ellos, quiso divisar sus rostros, pero estos giraban mientras el caminaba, y no pudo verles las caras. Mientras el avanzaba, las luces comenzaban a parpadear, hasta ir apagándose completamente detrás de él. Comenzó a sentir ese escalofrió en la piel, en su cuerpo, que indica la señal de miedo. Sus manos comenzaban a transpirar y sus palpitaciones subieron rápidamente. Cuando al llego andén, se encontraba completamente sólo, las luces se prendían y apagaban como en cortocircuito. Esa noche la sensación de soledad era más notoria que otras. Realmente deseaba no estar solo en ese momento. Esperando el subte, en la punta del andén, vio a una persona exageradamente alta, muy flaca, casi daba la sensación de ser un esqueleto, su rostro era tenebroso, sus ojos estaban casi hundidos en su cara huesuda,
vestía un traje con galera y tapado negro que le llegaba hasta los tobillos y en su hombro derecho divisó un cuervo con ojos rojos. Que lo miraban fijamente a él. - ¿Un cuervo? - Pensó y musitó: -“debe ser el cansancio” Vio como esta sombra alta y oscura avanzaba hacia él. Paralizado por la escena, el hombre de gris, vio como esta sombra se acercaba a él. El corazón comenzó a acelerarse y esto se incrementaba aún más con el constante parpadeo de las luces. Cuando la figura estaba a unos metros, para su suerte llegó el subte, subió rápidamente, su sorpresa fue que al girar para ver el andén, la sombra de galera ya no estaba en el lugar. Miró a su alrededor y tampoco estaba dentro del vagón. Se encontraba completamente solo en ese lugar. Primero un cuervo y después una persecución, definitivamente es el cansancio, stress o falta de sueño– pensó mientras se dejaba caer sobre un asiento de madera. Las puertas se cerraron, dirigió nuevamente la mirada hacia el andén, ya que le pareció ver un movimiento y el horror inundó su cuerpo, allí estaba él, el hombre de gris en el andén sentado en un banco de madera y a su lado la sombra con el cuervo en el hombro derecho. Se vio a si mismo sentado en el asiento del andén sin vida… Perplejo y confuso se levantó y golpeó con fuerza las puertas, trato de abrirlas, para poder bajar pero ya era tarde y nada pudo hacer. El subte comenzó a moverse y vio como el hombre de negro parado junto a su cuerpo sostenía con la mano derecha su corazón. Se vio a sí mismo en el andén con su pecho abierto. Mientras la sombra reía a carcajadas… Sin poder entender nada, el hombre de gris con la mirada perdida, se sentó nuevamente en el asiento del vagón y descubrió a su lado un aparato de DVD portátil. Lo encendió y, como si fuera una película, vio con tristeza, su vida, un día igual a otro, se vio existiendo como un ente, sin alegrías y en soledad. Vio, como había desaprovechado su vida, convirtiendo su alma en completo vacío. Debajo del aparato encontró un papel con un número con gran cantidad. Levantó la mirada y miró por primera vez a su alrededor, sus compañeros de viaje no hablaban, no gritaban, no lloraban, no hacían nada, sólo miraban con espanto un aparato como el que él tenía en sus manos. ¿Son almas?– pensó ¿Yo qué hago acá? – preguntó, pero nadie contestó, ni siquiera lo miraron. El hombre de gris siguió sentado en el asiento de madera de la formación y así, el subte siguió avanzando a toda velocidad sin detenerse en ninguna estación y sin ser visto por nadie. Perdiéndose en alguna curva. Otra dimensión quizás.

Volver al indice

Lugar Chica

El bosque.

Siempre me ha dado miedo el bosque, ese oscuro y desconocido lugar en los confines de mi pequeño mundo. Por la noche, a menudo soñaba con él y me despertaba angustiado.
Ese miedo también me asaltaba de día, hiciera lo que hiciese y donde fuera que fuese. Una noche, el miedo me atenazó tanto, que ya no lo podía soportar por más tiempo. Por la mañana, desde el portal de mi casa, miré el cómodo sillón junto a la chimenea, mi acogedora cama, y los objetos que amaba.
Salí y cerré la puerta detrás de mí. Atravesé el pueblo que conocía como la palma de mi mano. Pasé las tiendas y las casas que me eran tan familiares y seguí hacia delante. En el camino, mi corazón empezó a acelerarse. Ya no me sentía seguro, sino pequeño y solo en la inmensidad del mundo.
Seguí andando, pasando por granjas y campos desconocidos hasta que se acabó la carretera empedrada. Con incontenible inquietud, eché una mirada hacia atrás: mi pueblo era un punto a lo lejos. Frente a mí, amenazante, surgía el bosque.
Las copas de los árboles mecidos por el viento se sacudían como miles de cabezas. ¿Qué iba a hacer? ¿Volver? ¿Correr hasta perder el aliento hacia la seguridad de mi casa? No. Había llegado demasiado lejos. Pero ¿y si me perdía? ¿Me devoraría un animal salvaje? ¿Me moriría de miedo? Penetré en el bosque entre dos árboles que se erguían como columnas de una gran puerta.
Mi corazón latía con fuerza. El graznido de un pájaro a mis espaldas me hizo sobresaltar. Algo crujió muy cerca, y una sombra negra se movió a mí alrededor acercándose cada vez más. Buscando refugio apresuradamente, tropecé y me caí de cabeza al suelo. «Quédate quieto —pensé—; si gritas o te mueves, te encontrarán.» ¿Se oiría el estruendo de mi corazón? Cuando abrí los ojos, mi nariz estaba hundida en el musgo, un bosque de diminutos árboles, suaves como plumas. Los rayos de sol caían entre las hojas y me calentaban la espalda. Una ligera brisa acariciaba mi piel. ¡Estaba vivo! ¿Cuánto tiempo había pasado allí? Una mariposa abría y cerraba sus alas cerca de mí, como un ángel de la guarda.
Me puse a escuchar. Millones de hojas susurraban suavemente a mí alrededor. Me di la vuelta y, por primera vez, levanté la vista. Allá arriba vi el cielo. Era mucho más grande que el bosque, más grande incluso que el miedo que sentía, más grande que cualquier otra cosa. Después, aún hechizado por la extraordinaria belleza del bosque, emprendí el largo camino de vuelta a casa.

Lugar Chica

Volver al indice

Ir a la parte de arriba

Dimelo con una flor.

En ocasiones, utilizamos las flores para expresar un sentimiento. Adrián entró enfurecido en su nueva habitación. ¡Odiaba las mudanzas! Otra vez tendría que conocer las calles y hacer amigos empezando desde cero.
Se asomó por la ventana observando la ciudad. A apenas unos metros, otro edificio robaba la luz del día proyectando su opulenta sombra sobre el suyo. Una de las ventanas del avaro edificio se abrió, y lo que tras ella vio lo arrebató de sus pensamientos; Una hermosa muchacha, tumbada en la cama, hablaba a su madre.
Ésta le colocaba bien la almohada. A pesar de la palidez irradiaba alegría. A su pelo lo envidiaba el oro y de sus labios alumbraban el amanecer. De súbito, dirigió su mirada hacia Adrián y tras unos segundos sonrió. El muchacho retrocedió escondiéndose, rehén de aquellos castaños ojos, que durante la noche soñó. Pasaron los días, y fue costumbre en Adrián, arrancar una rosa blanca al volver del colegio. Los cogía de las verjas de un abandonado caserón. Al llegar a su casa, se asomaba por la ventana tirando la blanca flor. Casi siempre caía en los pies de la cama de su secreto amor. Ella, la recogía con ansia y su faz se iluminaba, entonces llamaba a su madre, que la ayudaba a sentarse frente al bacón. Consumían las tardes entre risas y bromas, disimulando sentimientos que destacaban a la menor ocasión. Cada vez que arrancaba la rosa blanca, miraba de reojo el rojo rosal de al lado: “Mañana le daré una roja… ¡Para que sepa de mi amor!” Pero jamás se atrevió.
Una trágica tarde, cuando fue a entregar la flor, encontró la cama bacía y sentada en ella a la madre llorando. Lo que la leucemia profetizaba por fin sucedió; La muerte trepó por la esperanza hasta alcanzar la habitación. El entierro fue silencioso y amargo. Nadie se percató de la ausencia del muchacho entre tanto dolor. Pero cuando todos marcharon él apareció. Presa del sufrimiento, dejo una rosa blanca al pie del nicho: “¿Por qué nunca te la di roja para que supieras de mi amor? Ya es tarde para decírtelo”… La rabia lo dominó.
Golpeó la mortuoria piedra con todas sus fuerzas para huir corriendo y no volver nunca más. De haber mirado a tras, hubiera visto la blanca flor teñida por la sangre derramada de su puño. En ocasiones, las flores, nos cuentan los suyos.

Volver al indice

Lugar Chica